De los vientos vino tu nombre, y de su mezcla de olores traídos por el otoño, bien pino, bien verano, bien el suspiro del invierno, me hizo recordar tu cuerpo, tu sonrisa, tu olor ácido y dulce, como una manzana a medio madurar, arrancada de su rama para cumplir las expectativas de un paladar exigente.
Pero no eras tú, era tu recuerdo. No era tu cuerpo el que recorría, sino las frías calles adoquinadas de Madrid. El olor de la fritanga de los churros ayudó a cuidar mi mente del recuerdo de tí, y Madrid en silencio era tú, en compañía.
Que no importaba lo dicharachera que fuera, era ella. Como cuando amas a alguien, que hasta en cierta medida agradeces el silencio, que es lo que hace que intercambies más sin saberlo; como si la ropa fueran las palabras y el silencio la desnudez. Y como cuando amas, que la desnudez se muestra poco a poco, tímidamente; el silencio nace del nerviosismo, de la duda y del ensayo-error.
Pero nada es perfecto, todo en su justa medida. Así como Adán y Eva se aburrieron de verse desnudos y decidieron probar la manzana para introducir un poco de acidez en su relación, descubrieron que la desnudez no era tan perfecta como parecía, y que de abusar, aburre y se torna insulsa, y se cubrieron e introdujeron la ropa para insinuar y provocar; y es así como se aprende a seducir con las palabras para cubrir el silencio y jugar con él.
Pero nos aburrimos del silencio y olvidamos las palabras, y dejamos la desnudez ser nuestro día a día. Y nos equivocamos de manzana y nos encontramos arrodillados ante la diosa del amor, así como se vieron Adán y Eva suplicando quedarse en el Paraíso, nosotros suplicamos el quedarnos en el infierno, pero a la contra que con ellos, ésta tuvo piedad de nosotros y nos expulsó del infierno en que vivíamos.
Y dejamos atrás el caluroso infierno de este verano y ahora paseando pienso en los paraísos que están por venir en primavera, paraísos los cuales, todos y cada uno de ellos me recordarán a tí, pero que lejos de para odiarte, para desearte el mejor paraíso posible.
Y desearía no estar para verlo, pero el Romanticismo murió hace siglos y el Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid hace ya tiempo decidió poner barreras disuasorias en el Viaducto de Segobia.
Los guiris, británicos y demás gente europea, que no europeizada, bajan a latitudes más cercanas al ecuador en busca de birra, tabaco, y fiesta barata, aderezado con buen tiempo. Han llenado la llamada Costa del Sol... Mientras, nosotros mediterráneos, españolitos, enfermeras mayormente, vamos ocupando silenciosamente la llamada Costa del Nublado. Aun lo ignoran, pero aquí nos haremos fuertes y la acabaremos conquistando.
Bienvenid@s a mi blog de enfermero emigrante y mis aventuras en la Costa del Nublado.
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