Finalmente acabé por
escribir lo que era el cierre del blog, pero me sabe mal hacerlo sin antes
hablar de lo que ha sido mi vuelta. No es que vaya a ser una historia
emocionante, ni voy a hablar de nada por lo que cualquiera de nosotros puede
pasar. Bueno, en realidad, las anécdotas que he recopilado hasta el momento, le
pueden pasar a cualquiera.
Cogí un vuelo tal que el
21 de mayo, muy seguro de dos cosas: no quiero volver a la Costa del Nublado a
trabajar (aunque es bastante probable que tenga que hacerlo), y no quiero
trabajar como enfermero asistencial a mi vuelta a España, al menos durante una
larga temporada. Necesitaba tiempo para asimilar mi vuelta y reordenar mis
prioridades.
Al día siguiente de
llegar me fui de escapada a Mérida, muy bonica, por cierto. Y fue en el camino
en coche que me llamaron por teléfono. Ese número ya me había llamado el
viernes de la semana previa a volver. Como estaba tomando el café del descanso,
y Mia me dijo: “dale al menos la oportunidad”; cogí el teléfono. Lo que para
muchos es lo mejor del mundo, para mí era la pesadilla.
“Te llamo de La Bolsa,
¿estás trabajando?”
Yo dije que no estaba
trabajando y que no estaba interesado en ello. Al parecer no están
acostumbrados a este tipo de contestaciones, porque estuvo callada durante unos
segundos. Interrumpió su silencio para preguntarme si ni siquiera quiero saber
dónde sería el contrato. Y yo dije, bueno, el saber no ocupa lugar (algo con lo
que, por cierto, no estoy de acuerdo, si esto fuera cierto las bibliotecas
estarían vacías, y la wikipedia no pesaría teras) El contrato era una jornada
reducida de 2 horas y mierda en la farmacia. Fue en este momento en que de no
tener ni mi curiosidad, ahora tenía mi interés.
Dije que sí por dos
motivos: me parecía interesante, no me consumía mucho tiempo, y además no había
pacientes a los que matar. Lo sé, son tres. La entrada es mía y me la follo
cuando quiero. Y así es como comenzó mi adicción a esnifar citostáticos y a
beber chupitos de mitomicina.
Al poco tiempo, una
conocida a la que eché una mano cuando vivió en Belfast, me pidió que cubriese
una vacante en la residencia en la que su madre trabajaba, en la que estaban
agobiadísimos porque faltaban un par de días y no había enfermera que lo
cubriese. Acepté más por saldar la “deuda” que pudiera ella sentir hacia mi
persona que otra cosa. Cuando acepté el trabajo dije a Mia: “si ves que el
trabajo me hunde, dímelo y renuncio”. Aguanté trece días contados. La
desorganización, las exigencias, y el que el turno de noche fuese el que
terminaba todo lo que se arrastraba a lo largo del día, acabó con mi escasa
tolerancia al estrés y tal que en 5 minutos se decidió. No volvía. Estaba harto
del trabajo y si a ello le sumas que el turno de mañana se dedicaba a llamarte
por teléfono para saber dónde habías dejado los clips... (dramatización).
Y así a mitad de Julio,
era feliz de nuevo con mi jornadita o gilijornada, como ya se bautizó en el pasado.
Y fue entonces cuando un antiguo conocido me llamó para decirme que necesitaban
una enfermera en un psiquiátrico. Y dije que sí. Me hago gracia a mí mismo
porque acabo haciendo siempre lo que digo que no haré. Y ahí me encontraba,
después de haber dicho que no ejercería la enfermería asistencial,
en especial ni viejos, ni locos (que para tratar locos, ya me tengo a mí
mismo)... que somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras.
Putabida.
Acabó mi idilio en el
psiquiátrico, cuando recapacité en cuanto a lo que estaba cobrando (unos 1200
en turno de noche), me enfadé mucho de nuevo con el sistema, con la
Institución, y conmigo mismo. Por suerte, mi contrato se acabó y dijeron que me
llamarían, y yo pensé que sería posible que no contestase.
Luego, como es típico en
mí, la suerte me viene en rachas y de repente me encontré sin nada de nada. Y
fue cuando por primera vez en mi vida cobré el paro. Y he de decir, me gusta
vivir de él, me da tiempo para cuidar la casa, hacer el monguer, y preparar
comidas para cuando Mia viene de trabajar. Soy un buen househusband. No el
mejor, estoy seguro, pero tampoco malo.
Pero no voy a mentir si
digo que he mantenido un nivel de vida característico de una persona que se
encuentra en paro y sin muchas intenciones de trabajar. Tengo oficio, pero no
demasiados beneficios. Me dedico a dar un par de clases particulares de inglés
que junto con el paro, da para no vivir mal y poder cenar una vez a la semana
fuera de casa y tomar un café casi todos los días en el bar.
Pero el ser humano es
ambicioso, o yo lo soy, y decidí que era hora de vivir un poco mejor, de llevar
el lema de puta no es la que es puta sino la que se prostituye... SOY UNA
PUTAAAAAAAA. En fin, que como en la Costa del Nublado ya dije, si me van a
joder, que sea bien pagao, y eso sólo sucede en la Costa del Nublado... Y así
fue como comenzó mi rutina de cada cierto tiempo/par de meses acudo a ser un
puto inmigrante que les roba el trabajo y se lleva el dinero, y esta vez es
verdad de la buena.
No es el sueño de mi
vida, pero es una manera de vivir, a fin de cuentas, cuántos hacemos lo que
realmente nos gusta. Yo personalmente durante un par de meses mis niveles de
felicidad son adecuados casi óptimos, algo que rara vez me había sucedido.
Puedo dedicarme a mis aficiones, a escribir, a hacer bricolaje cutre, enseñar
un poco de inglés... pero a cambio he de vender mi alma durante una quincena a
la estructura sanitaria de Reino Unido.
Es por ello que tras un
tiempo reflexionando de cómo ha sido mi experiencia al volver, he llegado a la
conclusión de que soy el sueño roto de un emigrante retornado. Todos somos el
sueño roto de nosotros mismos. Ahí va una reflexión profunda para cerrar la
etapa de este blog.
PD: 5 años tiene ya esta postal "retocada" que le dí a mi jefe de personal al despedirme. De ahí viene ;)
Con amor, desde la Costa
del Nublado. Cambio y corto.