Los guiris, británicos y demás gente europea, que no europeizada, bajan a latitudes más cercanas al ecuador en busca de birra, tabaco, y fiesta barata, aderezado con buen tiempo. Han llenado la llamada Costa del Sol... Mientras, nosotros mediterráneos, españolitos, enfermeras mayormente, vamos ocupando silenciosamente la llamada Costa del Nublado. Aun lo ignoran, pero aquí nos haremos fuertes y la acabaremos conquistando.


Bienvenid@s a mi blog de enfermero emigrante y mis aventuras en la Costa del Nublado.

viernes, 21 de abril de 2017

Despedida



Han sido un par de veces las que he intentado escribir esta entrada, y no voy a mentir en dar las dos principales razones por las cuales ha tardado tanto (unos 11 meses). Las razones son: vaguería y esa animadversión que siento por la clausura. Desde bastante joven le he tenido miedo a los finales: desatan emociones, remueven por dentro, y una vez que se ha completado, dejan un vacío interno, un desasosiego que me embarga y me deja en una abulia infernal. (Toma ya)

Lejos queda el día en que cogí aquél avión de Iberia, y lejos queda la niñata que se propuso luchar contra el sistema de descuidado. Queda lejos porque lo mataron las noches, el dinero, los años y algún que otro accidente. He compartido en este blog aspectos de mi vida, de mi día a día, de la Enfermería, tanto de lo que pienso que debiera ser o es, como de lo que es la costa del Nublado. Me he abierto en cierto modo, y me reaventuré a escribir, algo que dejé de hacer cuando estaba en la carrera, puesto que “debía” sacar buenas notas, y dejar mi vida de lado.

Me fui de Irlanda del Norte, de mi entrañable zona orangista, tal que un día 21, como el que llegué a Irlanda del Norte. Pero esta vez con más mundo, y conociendo un poco más en profundidad este lugar. Me voy desilusionado con la profesión, me voy desilusionado conmigo mismo, puesto que he acabado haciendo cosas que no quería o que no pensaba que haría. Me voy tras decorar y cuidar una casa que consideraba hogar, y que me llevó cerca de una semana hacer la selección de lo que iba a la basura, qué se quedaba con amigos, y de dónde guardar las lágrimas o de cómo llenar el vacío de una casa llena de cajas cerradas. Me despedí de aquéllas cosas que me trajeron innumerables quebraderos de cabeza, y me despedí del gay bar, que fue mi segunda casa durante esta estancia de años.

Cuando llegué, traía conmigo una maleta de mano, y un saco-maleta de 20 kilos. Esta vez vuelvo con una mochila, una maleta de mano, el saco y otra maleta más. Y así me dirigí a Dublín, al aeropuerto. Intenté aprovechar hasta el último de mis minutos con las personas que habían sido, para mí, familia. Y aun llevando tanto peso como llevaba, era más el pesar interno.

Y me monté en el avión, esta vez de Aer Lingus. Ya no llevaba en mi cabeza mil ilusiones y un futuro brillante, había aprendido la lección de que muchos sueños; hacen que te duermas, aparte del problema que puede suponer que un sueño se cumpla. En esta ocasión me conformaba con volver, volver a CASA, volver con quien considero que es mi familia de verdad, con quien de verdad quiero ver mi vida pasar. El trabajo es algo secundario: me fui con la idea de que no va a llover el dinero del cielo, así como que depender de la suerte es un riesgo muy alto, y con la idea en la mente de no ejercer como enfermera asistencial, ni lo valgo, ni lo merecen otros. El camino que se me presentaba estaba cubierto de una densa niebla, como los amaneceres en primavera en la Costa del Nublado, pero si algo he conseguido después de estos tres años y medio que he sobrevivido como emigrante ha sido tener menos miedo a la incertidumbre, lo que venga, vendrá y lo importante es saber afrontarlo.

Sin más, me despido, publicaré antes un epílogo sobre lo que le pasa a un puto enfermero emigrante retornado.  Bueno, no estoy seguro de ello, me doy una semana.
Gracias a todos aquéllos que me han leído, que han tenido la paciencia, y que hasta en cierto modo os haya gustado este blog. Gracias en especial a La Sis, a los que publicasteis comentarios, y cómo no, a Mia.

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