Han sido un par de veces
las que he intentado escribir esta entrada, y no voy a mentir en dar las dos
principales razones por las cuales ha tardado tanto (unos 11 meses). Las
razones son: vaguería y esa animadversión que siento por la clausura. Desde
bastante joven le he tenido miedo a los finales: desatan emociones, remueven
por dentro, y una vez que se ha completado, dejan un vacío interno, un
desasosiego que me embarga y me deja en una abulia infernal. (Toma ya)
Lejos queda el día en que
cogí aquél avión de Iberia, y lejos queda la niñata que se propuso luchar
contra el sistema de descuidado. Queda lejos porque lo mataron las noches, el
dinero, los años y algún que otro accidente. He compartido en este blog
aspectos de mi vida, de mi día a día, de la Enfermería, tanto de lo
que pienso que debiera ser o es, como de lo que es la costa del Nublado. Me he
abierto en cierto modo, y me reaventuré a escribir, algo que dejé de hacer
cuando estaba en la carrera, puesto que “debía” sacar buenas notas, y dejar mi
vida de lado.
Me fui de Irlanda del
Norte, de mi entrañable zona orangista, tal que un día 21, como el que llegué a
Irlanda del Norte. Pero esta vez con más mundo, y conociendo un poco más en
profundidad este lugar. Me voy desilusionado con la profesión, me voy desilusionado
conmigo mismo, puesto que he acabado haciendo cosas que no quería o que no
pensaba que haría. Me voy tras decorar y cuidar una casa que consideraba hogar,
y que me llevó cerca de una semana hacer la selección de lo que iba a la
basura, qué se quedaba con amigos, y de dónde guardar las lágrimas o de cómo
llenar el vacío de una casa llena de cajas cerradas. Me despedí de aquéllas
cosas que me trajeron innumerables quebraderos de cabeza, y me despedí del gay
bar, que fue mi segunda casa durante esta estancia de años.
Cuando llegué, traía
conmigo una maleta de mano, y un saco-maleta de 20 kilos. Esta vez vuelvo con
una mochila, una maleta de mano, el saco y otra maleta más. Y así me dirigí a
Dublín, al aeropuerto. Intenté aprovechar hasta el último de mis minutos con
las personas que habían sido, para mí, familia. Y aun llevando tanto peso como
llevaba, era más el pesar interno.
Y me monté en el avión,
esta vez de Aer Lingus. Ya no llevaba en mi cabeza mil ilusiones y un futuro
brillante, había aprendido la lección de que muchos sueños; hacen que te
duermas, aparte del problema que puede suponer que un sueño se cumpla. En esta
ocasión me conformaba con volver, volver a CASA, volver con quien considero que
es mi familia de verdad, con quien de verdad quiero ver mi vida pasar. El
trabajo es algo secundario: me fui con la idea de que no va a llover el dinero
del cielo, así como que depender de la suerte es un riesgo muy alto, y con la
idea en la mente de no ejercer como enfermera asistencial, ni lo valgo, ni lo
merecen otros. El camino que se me presentaba estaba cubierto de una densa
niebla, como los amaneceres en primavera en la Costa del Nublado, pero si algo he conseguido
después de estos tres años y medio que he sobrevivido como emigrante ha sido tener
menos miedo a la incertidumbre, lo que venga, vendrá y lo importante es saber
afrontarlo.
Sin más, me despido,
publicaré antes un epílogo sobre lo que le pasa a un puto enfermero emigrante
retornado. Bueno, no estoy seguro de
ello, me doy una semana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario