Estaba saliendo de guardia, hace ahora un mes, al día siguiente de la última entrada que figura en el blog, y en fin, como gran parte de las cosas que suceden en esta vida, sin esperarlo, tuve un accidente de tráfico. Recuerdo poco del momento, pero recuerdo las caras de las dos mujeres que se acercaron a echarme una mano mientras estaba en el suelo. Una era auxiliar, llevaba el uniforme, la otra una mujer de mediana edad, con un nombre tan similar al mio que me hizo reír la particular casualidad. Ver un hueso propio no es algo nada agradable, por regla general suelen estar dentro de nosotros, y su visión no te ofrece mucho consuelo en la situación. Mi querida compañera auxiliar quiso hacerme un torniquete... bueno cada cual ayuda como... en fin, que no. Doy gracias a no haber perdido el conocimiento y poder tener la suficiente sangre fría para pensar razonablemente y decirle qué hacer.
Según dicen la ambulancia llegó en seguida, pero la espera fue eterna. No he sido nunca una persona hipocondríaca, pero tampoco soy un necio, pero sentir frío y sed en un momento así, no tranquiliza nada. En estos momentos de nervios, mi cuasitocaya tuvo una brillante idea: darme la mano. Sonará cursi, pero el dolor, el miedo, la incertidumbre: todo se relajó.
Cuando mis amigos de la ambulancia llegaron, los tan queridos paramédicos, sólo tuve una petición. Morfina. Y tuve la suerte de que me la dieran. Doble dosis. Amén, no vi a Dios, pero estaba en la frontera del limbo. Estando en la ambulancia me dí cuenta de una cosa cuando el paramédico Paul me dijo que le contara algo sobre mí. Yo le miré y me dije: "¿De verdad hacemos esto cuando a quien cuido está en este estado?" Y le dije con total sinceridad que no tenía fuerzas para contarle cosas, pero que gratamente escuchaba lo que él me quisiera contar. Es cierto que se nos enseña que hay que procurar mantener a la persona consciente, pero... no nos hemos parado a pensar que estas personas puede que no tengan muchas ganas de hablar. El buen hombre me contó un poco de su vida, de lo que estudian los paramédicos... y yo le ofrecí unas cuantas palabras de réplica: "Echa de la ambulancia a esa puta mosca, que no sé aquí, pero en España, no auguran nada bueno". Echó a la mosca.
En el hospital el recibimiento fue grandioso: fentanilo iv y ketamina en perfusión.
Cuando desperté de la anestesia, encontré a la Sis a mi lado, y os puedo asegurar que fue una de las mayores alegrías que he experimentado. Cuando estás lejos de casa, y sabes que la familia no está ahí, es un gran consuelo encontrar un rostro conocido, un rostro amigo a tu lado, tal fue mi alegría que mis primeras palabras fueron: "Empiezo a tener náuseas, y voy a vomitar, no es la primera vez que me pasa después de la anestesia". (Ya sabéis, soy todo amor) La enfermera me miró y dijo que no me iba a dar un antiemético aun, no parecía que lo necesitase... que si acaso me dejaba cerca una batea. Le vomité encima. Aunque pedí perdón, en mi interior pensé: "te avisé, pedazo de gilipollas". ¿Cuántas veces no escuchamos a los que cuidamos, y damos por hecho que nuestra experiencia y nuestra formación es más esclarecedora que la información que nos puede aportar esa persona que lleva toda la vida viviendo su vida?
Ya en planta mi vida era conocida por todos: enfermeras, auxis, médicos y hasta pacientes. "Spanish agency nurse in bed 6" Mi madre siempre decía que me encantaba fardar de mi profesión, pero nunca entendió que sólo lo decía cuando me cabreaba o no estaba contento con el cuidado que se estuviera brindando a nuestro familiar. Eso es algo que he comprobado que desgraciadamente surte efecto: en cuanto nos topamos con un compañero en la cama o como familiar, la mayor parte de las veces somos más cuidadosos. Pues... qué deciros, aquí ni aún sabiendo que era uno más como ellos, se cuidaban de hacer las cosas bien, o mejor. Pero tras reflexionar con la Sis, llegué a la conclusión de que directamente no sabían hacerlo mejor. Me dí cuenta que hacían las cosas lo mejor que podían.
Entiendo que la perfección cuando trabajamos con sistemas imperfectos como es el cuerpo humano es imposible, pero una cosa es la ignorancia y otra cosa discutir y demostrar la inutilidad. Me vi discutiendo amablemente un par de veces: cuando avisé a la enfermera que retirase una vía, puesto que estaba empezando a manifestar signos de flebitis, y en su lugar metió antibiótico en bolo; y cuando me retiraron la bomba de morfina (aun en sueños, lloro cuando la veo irse en ese palo de suero con ruedas... lentamente como sin querer dejarme) y me querían mantener a paracetamol. Yo, sin ningún síndrome de abstinencia, por supuesto, peleé con la Enfermera Especialista del Dolor en que no me podía dejar en paracetamol sólo. Su respuesta fue que los médicos desaconsejaban ponerme en antiinframatorios porque retrasan el crecimiento óseo. Tras pelear verbalmente, porque aun no tenía muletas, me pusieron en Tramadol, o
Adolonta que no quita el dolor pero atonta.
En mis carnes tuve que experimentar lo que previamente os relaté en "Higiene se escribe sin h". Una anécdota que recuerdo al margen de lo bien que me aseaban fue la siguente:
Aquí es común que el personal masculino haga los cuidados personales a pacientes masculinos, y el personal femenino a las féminas. Discutiendo sobre el tema hace tiempo con una compañera local, me decía que ella lo entendía, no le gustaría que un hombre le viese desnuda, puesto que el hombre siente atracción por la mujer, y viceversa. El viceversa lo añado yo. Mi gran sorpresa fue cuando entró una auxiliar y me dijo, bueno, voy a llamar a un chico, que te será menos molesto. El chico era homosexual. Con esto no quiero decir que...
En el hospital el recibimiento fue grandioso: fentanilo iv y ketamina en perfusión.
Cuando desperté de la anestesia, encontré a la Sis a mi lado, y os puedo asegurar que fue una de las mayores alegrías que he experimentado. Cuando estás lejos de casa, y sabes que la familia no está ahí, es un gran consuelo encontrar un rostro conocido, un rostro amigo a tu lado, tal fue mi alegría que mis primeras palabras fueron: "Empiezo a tener náuseas, y voy a vomitar, no es la primera vez que me pasa después de la anestesia". (Ya sabéis, soy todo amor) La enfermera me miró y dijo que no me iba a dar un antiemético aun, no parecía que lo necesitase... que si acaso me dejaba cerca una batea. Le vomité encima. Aunque pedí perdón, en mi interior pensé: "te avisé, pedazo de gilipollas". ¿Cuántas veces no escuchamos a los que cuidamos, y damos por hecho que nuestra experiencia y nuestra formación es más esclarecedora que la información que nos puede aportar esa persona que lleva toda la vida viviendo su vida?
Ya en planta mi vida era conocida por todos: enfermeras, auxis, médicos y hasta pacientes. "Spanish agency nurse in bed 6" Mi madre siempre decía que me encantaba fardar de mi profesión, pero nunca entendió que sólo lo decía cuando me cabreaba o no estaba contento con el cuidado que se estuviera brindando a nuestro familiar. Eso es algo que he comprobado que desgraciadamente surte efecto: en cuanto nos topamos con un compañero en la cama o como familiar, la mayor parte de las veces somos más cuidadosos. Pues... qué deciros, aquí ni aún sabiendo que era uno más como ellos, se cuidaban de hacer las cosas bien, o mejor. Pero tras reflexionar con la Sis, llegué a la conclusión de que directamente no sabían hacerlo mejor. Me dí cuenta que hacían las cosas lo mejor que podían.
Entiendo que la perfección cuando trabajamos con sistemas imperfectos como es el cuerpo humano es imposible, pero una cosa es la ignorancia y otra cosa discutir y demostrar la inutilidad. Me vi discutiendo amablemente un par de veces: cuando avisé a la enfermera que retirase una vía, puesto que estaba empezando a manifestar signos de flebitis, y en su lugar metió antibiótico en bolo; y cuando me retiraron la bomba de morfina (aun en sueños, lloro cuando la veo irse en ese palo de suero con ruedas... lentamente como sin querer dejarme) y me querían mantener a paracetamol. Yo, sin ningún síndrome de abstinencia, por supuesto, peleé con la Enfermera Especialista del Dolor en que no me podía dejar en paracetamol sólo. Su respuesta fue que los médicos desaconsejaban ponerme en antiinframatorios porque retrasan el crecimiento óseo. Tras pelear verbalmente, porque aun no tenía muletas, me pusieron en Tramadol, o
En mis carnes tuve que experimentar lo que previamente os relaté en "Higiene se escribe sin h". Una anécdota que recuerdo al margen de lo bien que me aseaban fue la siguente:
Aquí es común que el personal masculino haga los cuidados personales a pacientes masculinos, y el personal femenino a las féminas. Discutiendo sobre el tema hace tiempo con una compañera local, me decía que ella lo entendía, no le gustaría que un hombre le viese desnuda, puesto que el hombre siente atracción por la mujer, y viceversa. El viceversa lo añado yo. Mi gran sorpresa fue cuando entró una auxiliar y me dijo, bueno, voy a llamar a un chico, que te será menos molesto. El chico era homosexual. Con esto no quiero decir que...
Como dije, mi estancia en el hospital me dio para pensar mucho.
Tenía la intención de hacer la entrada en una sola entrega, pero veo que se va alargando...
De este cojo que es vuestro, con amor desde el sillón.
madre mia, vaya susto
ResponderEliminar