Despeinada, con el boli en la trabilla del cinturón, listo para ser desenfundado y utilizarlo, bien escribiendo, bien como puntero, bien como defensa, bien como objeto arrojadizo.
El azúcar no fue inventado para ella, no hay dulzura aparente en su rostro. No hay piedad. La irónica acidez como si de una manzana verde se tratara, es su seña de identidad.
Repudia los teléfonos, desde la melodía polifónica de los antaños, hasta la falsa voz metálica que suena por el altavoz.
Las cejas, arcos sobre sus ojos denotan la receptividad, atenta y elocuente. Los ojos, gemas pulidas, inexpresivos, aterradores, intimidatorios y llenos de luz que iluminan cualquier noche. Felinos.
Me sirve el café sin sonreír, distante y a la par cariñosa. Quedo absorto mirándola, se percata, e imperturbable, desenfunda su bolígrafo. Gracias a su inexpresión, no sé para qué utilidad. Nos miramos en silencio, yo esperando a que lo utilice como dardo. Mientras, no he dejado de escribir. Se sospecha la sorpresa de su rostro. No llegas a leer, me he dado cuenta de que eres miope. La mujer de los cupones grita que la suerte está hoy en el aire. Sonrío. "No será nada", dice más que pregunta, haciendo una mueca que pretende ser una sonrisa.
... marcho dejando esto como pago, una elegía, una declaración de amor, un simpa con justificación. Prometo volver y pagar los dos cafés, el mío y el tuyo. Espero que al de hoy me invites tú.
Los guiris, británicos y demás gente europea, que no europeizada, bajan a latitudes más cercanas al ecuador en busca de birra, tabaco, y fiesta barata, aderezado con buen tiempo. Han llenado la llamada Costa del Sol... Mientras, nosotros mediterráneos, españolitos, enfermeras mayormente, vamos ocupando silenciosamente la llamada Costa del Nublado. Aun lo ignoran, pero aquí nos haremos fuertes y la acabaremos conquistando.
Bienvenid@s a mi blog de enfermero emigrante y mis aventuras en la Costa del Nublado.
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